En unas tierras prósperas y abundantes, habitaba un
codicioso dragón. Atacaba a todos los reinos a los que viajaba y todo el oro
que extraía de ellos lo amontonaba en su escondite, por lo que no tardó en
acumular una gran fortuna. Un día, dos reinos vecinos decidieron poner fin a
aquella situación, y los hombres, armados con arcos y lanzas, expulsaron al
malvado dragón de aquellos terrenos y lo conquistaron. Dividieron el territorio
en dos, uno para el Reino del Sol, y otro para el Reino de la Luna, y
edificaron castillos y pueblos por todo él. Y los dos convivieron en armonía
durante muchos años.
Cierto día, un grupo de exploradores del Reino del Sol encontró
una extraña entrada a una gruta en tierras del Reino de la Luna. Una vez
dentro, sus ojos no dieron crédito a lo que veían: El antiguo y gran tesoro del
un dragón relucía en aquella oscura inmensidad.
El comunicado de aquel hallazgo no tardó en llegar a oídos
de ambos reyes. E inmediatamente la codicia les cegó: el rey del Sol reclamaba
el tesoro por haberlo encontrado, y el rey de la Luna lo proclamaba suyo por
haber sido hallado en sus tierras. Negándose ambos a compartir ni una sola
moneda de aquella inmensa riqueza, prefirieron empezar una guerra que resignarse
a entregar el oro al reino vecino.
Y así fue como la guerra llegó a aquellas tierras y arrasó
con todo a su paso. Los pueblos cayeron, las murallas se debilitaron, y hombres
de todos los reinos perecían en batalla cada día. Poco a poco, se destruyeron
los unos a los otros, olvidada la antigua amistad por un puñado de monedas. Viendo
la gran oportunidad que había estado esperando para recuperar su antiguo hogar,
el Dragón salió de su escondite en tierras lejanas y volvió a su gruta, no sin
antes arrasar ambos reinos como venganza, que se vieron incapaces de
defenderse, ya que ambos estaban demasiado débiles por la guerra. Y así el dragón
volvió a su gruta y se enterró en su preciado tesoro. La gente empezó a
marcharse de aquellas tierras, pues ya no eran seguras con un dragón viviendo
en ellas, y cuando casi todo había sido arrasado por el fuego y la guerra. La única
forma de que el reino volviera a resurgir sería expulsando al dragón de los
reinos.
El rey del Sol tenía dos hijos mayores y una hija llamada
Alhena. Desesperado y con miedo a poder
perder todo lo que tenía si su pueblo le dejaba, dio un anuncio: El hombre que
consiguiera matar al dragón tendría derecho, no solo a quedarse con sus
riquezas, sino con la mano de su hija. Muchos caballeros de ambos reinos emprendieron
aquella aventura, pero ninguno logró volver.
La princesa Alhena sentía miedo ante la posibilidad de que
uno de aquellos hombres llegara a regresar con la cabeza del dragón y la
desposara, pues se negaba a casarse con un desconocido cualquiera. Decidió que
no dejaría que eso ocurriera y, una noche, subió a uno de los caballos blancos
de su padre, armada con una espada de su hermano mayor, y se escapó del
castillo.
Cruzó el desolado reino en dirección a la Gruta del Dragón,
dispuesta a darle muerte, aun no habiendo sido entrenada en el arte de la
guerra y la batalla, pues sabía que siempre podría servirse de su ingenio. Por
el camino se encontró a un caballero ataviado con una armadura de metal y
cabalgando una montura negra. Se hacía llamar Oliver del reino de la Luna, y
también viajaba con la ambición de matar al dragón. Ella se había apoderado de
unas ropas de clase baja y una vieja capucha, por lo que el caballero no la
reconoció como princesa. Sin embargo, se mostró complacido con ella y se ofreció
a recorrer aquel largo camino juntos. Y así lo hicieron.
Cuando llegaron a la gruta, dejaron fuera a los caballos y se
adentraron en ella, antorcha en mano. Recorrieron los amplios túneles en
silencio, sigilosos, y acabaron en una amplia cámara repleta de monedas, joyas,
y más riquezas de las que cualquier hombre podría llegar a imaginar. Oliver se
dispuso a atacar al dragón, que estaba dormido, pero Alhena le detuvo “Si te
acercas harás ruido al moverte entre todos esos metales y le despertarás. Hay
que buscar otra forma.” Puede que la princesa del reino del Sol no fuera
fuerte, pero sí era ingeniosa. Observó la cámara con detenimiento. “Mira
esos dos pilares de roca. Son los que mantienen la cámara en pie. Si lográramos
derribarlos, aplastaríamos al dragón” “¿Y qué pasará con el oro? Quedará aquí
enterrado para siempre”- No pudo evitar replicar el caballero. “Mejor él
que nosotros, ¿no crees?”- Apuntó ella.
Oliver acabó accediendo y se ofreció a engañar al dragón
para derrotarle. “Tú ya has demostrado tu ingenio. Deja que yo contribuya en
esto con algo de valía”
El caballero entró en la cámara y dio golpes en una de las
inmensas columnas, sabiendo que no podría romperlas. Pero su intención era
captar la atención del dragón, y lo consiguió. El reptil se despertó e, irguiéndose,
giró la escamosa cabeza hacia el sonido repiqueteante de la hoja de la espada
contra la roca. Se abalanzó sobre el caballero con un rugido, pero este,
preparado, se apartó a tiempo: La columna sufrió una fuerte embestida contra el
cuerpo del dragón y se rompió. El techo de la cámara de tambaleó.
Oliver repitió el proceso con la segunda columna y el
resultado fue similar. El techo de la cueva, sin encontrar lugar donde soportar
su peso, empezó a desmoronarse sobre la cámara. Oliver era rápido, y consiguió
salir junto con la princesa Alhena a tiempo. Sin embargo, el dragón, pesado y
gigantesco como era, no tuvo tanta suerte: Acabó aplastado por las rocas,
enterrado eternamente en aquella tumba de oro y piedra.
Habiendo salvado la vida, victoriosos, Alhena y Oliver se
dispusieron a volver a su hogar. Pero aún debían recoger su recompensa, y eso
significaba que el caballero tendría derecho a casarse con la princesa. Pero lo
cierto era que a ella ya no le desagradaba tanto la idea, tras haber corrido
aquella aventura con él.
Oliver resultó ser el príncipe del reino de la Luna, que había
ido con la intención de librar a su reino del dragón y llevar la riqueza a su
padre. Al casarse con Alhena, ambos reinos se unieron y formaron uno solo,
solventando los conflictos que tantos años los habían asolado. Consiguieron
reconstruir el desolado reino con esfuerzo y dedicación, y cuando sus padres
faltaron, se convirtieron en unos reyes justos y bondadosos, y se cuidaron de
la codicia, pues sabían que había sido ella, y no el dragón, quien había hecho
sucumbir al reino en el pasado.
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